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La aerofobia o miedo a volar se convierte en un problema difícilmente evadible, por ejemplo, cuando las exigencias profesionales requieren desplazamientos que inevitablemente deben realizarse en avión por cuestión de tiempo o distancia, cuando el ritmo familiar marca unos deseos vacacionales y éstos se ven limitados por la fobia de uno de sus miembros, cuando la persona evita visitar a alguien allegado que vive al otro lado del charco y pierde la ansiada oportunidad de reunirse con él por miedo a subir en un avión, etc.

Realizar un trabajo dirigido, a través de la exposición, permite afrontar el temor o miedo, y descubrir su sentido y significado.

¿Cómo trabajamos?

Antes que nada, señalar que cada proceso psicoterapéutico es único e individual, y los ejercicios que se realizarán en él se adaptarán al paciente.

La idea que impregna los diferentes tratamientos de las fobias, es la exposición a la situación o estímulo temido. Como en toda terapia, es necesario crear un vínculo terapéutico donde la persona se sienta segura, comprendida, y donde se acuerden los objetivos y pasos a realizar para tratar la fobia.

No olvidemos que la emoción protagonista es el miedo.

Los estudios muestran que la combinación de la terapia cognitiva y conductual son hasta ahora los que han proporcionado mejores resultados. El modelo cognitivo conductual integra dos componentes:

  • TERAPIA COGNITIVA, en la cual se trabajan las ideas distorsionadas que provocan ansiedad, se facilita información y se motiva hacia el cambio de la conducta evitativa.
  • TERAPIA CONDUCTUAL: El tratamiento de elección acostumbra a ser la Terapia de EXPOSICIÓN IN VIVO o VIRTUAL, en la que el profesional confronta suavemente al paciente con la situación temida. Con ello se consigue que la persona pueda controlar paulatinamente sus temores y las sensaciones asociadas, aprendiendo estrategias para afrontarlas.
    Después de cada exposición, se trabajan las dificultades y se refuerzan los logros.
    Este tratamiento permite una DESENSIBILIZACIÓN SISTÉMICA, en la cual el paciente crea, con la ayuda del profesional, un gradiente de situaciones fóbicas elaboradas y ordenadas de menor a mayor dificultad, y se enfrenta por sí mismo a ellas.

En los últimos años se han sumado, desde el nuevo paradigma de la neurociencia, otras técnicas que han demostrado en la clínica su eficacia en el tratamiento de las fobias, Nos referimos al EMDR (Eye Movement Desensitization and Reprocessing) y las Técnicas de Integración cerebral.

Nuestra experiencia nos lleva a considerar que es la combinación de estas técnicas la mejor opción en el diseño de un plan de tratamiento que reúna la eficacia y eficiencia deseadas. Lo fundamental en el tratamiento es que la persona esté decidida a superar la fobia con la ayuda necesaria, y establecer objetivos claros y asumibles, esto ayudará a mantener la motivación necesaria a través de la experiencia de los “pequeños logros” que significan grandes triunfos.

 

Para saber más: FOBIAS Y MIEDOS EN GENERAL

¿Qué entendemos exactamente por fobia?

Al hilo de lo comentado, podemos decir que la fobia es una forma especial de miedo, definida por algunos pacientes como “miedo al miedo”, especialmente cuando este miedo fóbico se desencadena a partir de la anticipación a lo temido. De forma generalizada, se ha acordado toda una serie de características para describir el miedo fóbico:

  • Fobias-12969054_s-200x300Es desproporcionado respecto a la situación o estímulo que lo provoca. Es decir, la respuesta de miedo no es la esperable ante esa situación o estímulo, los cuales particularmente no suponen una amenaza real.
  • No puede ser razonado por el individuo. Es decir, el individuo es consciente de que no hay un argumento racional para sentir el miedo fóbico, pero no puede evitarlo. Durante la consulta, es común que la persona que lo padece exprese esta idea con comentarios tipo: “ya se que no tengo razones para tener miedo a hablar en público, nadie me va a matar, pero me bloqueo y solo quiero escapar de allí.”
  • No se puede controlar voluntariamente. Aún ser consciente del carácter irracional de la fóbia, no se puede evitar sentir el miedo. Esta imposibilidad de controlarlo agudiza el malestar y el sentimiento de impotencia ante unas sensaciones que no deberían, racionalmente, estar presentes en aquella situación.
  • Lleva a la evitación de la situación temida. Esta es una de las características, a nuestro juicio, más relevantes desde el punto de vista clínico. La conducta de evitación, como único patrón de afrontamiento, determina el grado de interferencia que la fobia supone en la vida laboral, social y familiar, pudiendo llevar a eludir responsabilidades, perder oportunidades de promocionarse en el trabajo, impedir la realización de actividades deseadas, e incluso deteriorar la relación con personas del entorno familiar y/o social, con el consiguiente efecto negativo que esto tiene sobre el estado anímico de la persona que lo padece y de su entorno afectivo (familia, pareja y amigos). El entorno se siente impotente al no saber cómo ayudar, y desconcertado al no entender qué está ocurriendo y desconocer la razón de esa conducta evitativa, apareciendo en algunos casos sentimientos de incomprensión, soledad y distanciamiento entre la persona que sufre la fobia y su entorno socio-familiar.
  • Persiste a lo largo del tiempo. Esta persistencia hace que la evitación de la situación temida se vaya generalizando y paulatinamente se vea afectada la calidad de vida de la persona y su estado anímico, especialmente si la situación evitada se da en el día a día (trabajo, vida social, tiempo libre, relaciones familiares o de pareja, etc.).
  • Es desadaptativa. Tal y como apuntábamos, no contribuye realmente a la supervivencia, sino que significa un obstáculo para los intereses de la persona que la padece.
  • No es específica para una fase del desarrollo o edad determinada. Puede aparecer en cualquier momento del ciclo vital.